LA IMPORTANCIA DEL TALENTO, SABIDURÍA, EXPERIENCIA Y ESFUERZO EN LA TAREA DE LA FORMACIÓN DE LOS CONDUCTORES DE AUTOMÓVILES


Es muy importante saber sacar provecho a todo lo que sabemos, bien por la experiencia de los años bien por los conocimientos adquiridos de una buena formación o educación vial, ahí está nuestra riqueza y el contenido de nuestro gran tesoro personal. Si nos centramos en nuestra profesión  de la enseñanza de la conducción de vehículos automóviles, en aquello que nos hace “singulares” y “necesarios” para la sociedad, probablemente marcaremos una diferencia y tendremos la oportunidad de tener una compensación económica legítima, honrada y “proporcional” al trabajo desarrollado. Si, por el contrario, estamos más pendientes de nuestros puntos flacos o débiles (competencias mercantiles  insensatas y nefastas de precio), probablemente nunca seremos útiles ni necesarios, y jamás destacaremos en nada, ya que nos ganaremos la medalla de no ser estimados ni considerados como unos verdaderos profesionales y prescriptores de la seguridad vial. <<Si dedicamos mucho tiempo a trabajar, practicar debilidades y torpezas, terminaremos cosechando fuertes e inmensas debilidades y torpezas>>.

Muchas de estas cosas llevan bastante tiempo por tener poca experiencia, sin importar el talento, inteligencia, sabiduría o el esfuerzo. Los resultados de un buen “aprendizaje” o “enseñanza de la conducción“, con independencia del talento y sabiduría del profesor de formación vial y el empeño o diligencia puesto en el proceso de enseñanza de los conductores, o se recoge al siguiente día de la buena ejecución de las tareas educativo/formativas. Hay procedimientos que necesitan buenas bases y raíces hasta que percibamos la cosecha o frutos en nuestras manos. Todo lo que es interesante y merece la pena, exige un proceso de maduración para que tenga estabilidad y solidez. Lo que se levanta mediante cimientos de barro, antes o después, termina viniéndose abajo. Si forzamos demasiado un motor, terminamos gripándolo.

Algunos compañeros nuestros, en su afán de “competencia codiciosa“, hacen prácticas mercantilistas extrañas y avaras desviándose de nuestra verdadera profesión de enseñantes hasta en convertirse en “mercaderes” de “sacar el permiso de conducir“, incluso llegando a realizar pactos con el diablo, <<Suponemos que si hacen  pactos con Lucifer, antes o después tendrán que pagarlos>>, tienen que recordar y no olvidar que éste no tiene principios ni escrúpulos y la “lealtad” no es su principal virtud, sirviéndose de los demás estrictamente en función de sus intereses y ambiciones, y cuando ya no le sirven, los utiliza como kleenex de usar y tirar. Debemos tener cuidado con caer en la tentación de coger el atajo de la vía rápida con el codicioso “low cost”, que algunos pactican y que a nada conduce. Es necesario anticiparse a los acontecimientos antes de que sea demasiado tarde. No es posible hacer buenos negocios con malas prácticas y desconsideración hacia los demás compañeros.

En las autoescuelas se necesitan muchos años para construir una “reputación” y un “prestigio”, poco tiempo para arruinarla/o. Si pensamos en ello, haremos las cosas de forma diferente. Edificar o construir una autoescuela de “calidad” no es cuestión de unos días. La “calidad en la enseñanza de la conducción” no se consigue con éxitos puntuales, sino a través de la “coherencia“, “estabilidad” y “consistencia” a lo largo del tiempo, que implica años de trabajo. Una autoescuela con reputación y prestigio es la que se ha ganado la fama por su buen hacer y cumplir lo que promete. De esta forma genera “credibilidad“, y los alumnos/clientes  saben a qué atenerse. Por el contrario, cuando se traiciona o vulnera la “confianza“, que es la variable sobre la que se construye la “reputación“, “calidad” y “prestigio” de la misma, restaurar estos principios es algo difícil y complicado. Construir antaño un castillo llevaba tiempo y muchos sacrificios; demolerlo o tirarlo abajo hoy es cosa de segundos. Siempre sabremos quien está nadando desnudo en el momento que baje la marea.

                                          José Manuel López Marín

 

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