Nuestros hábitos de explicar y comunicar las situaciones de riesgo en el aula de las autoescuelas y sensaciones personales en el ejercicio de estas tareas


La mayoría de los profesionales formadores viales sienten una irresistible necesidad de comunicar las vivencias cotidianas o las cosas que les pasan. Sólo en raras ocasiones se amarran a la incómoda noción de la ignorancia o el misterio.

Nuestra forma habitual de explicar las situaciones de riesgo en el aula de la autoescuela, tanto negativas, como adversas, reflejan nuestra forma de ser o talante optimista y pesimista. Los expertos analizan las explicaciones y la comunicación de conceptos preventivos  de acuerdo con tres valoraciones: la permanencia o el tiempo que le damos al impacto de los sucesos que nos atañen;  la penetrabilidad o extensión que asignamos a los efectos de todos estos acontecimientos sobre nosotros; y la personalización o grado de responsabilidad personal que asumimos por lo ocurrido.

Lo corriente o normal es que los infortunios o siniestros nos hagan sentirnos a todos frustrados o desilusionados, al menos por un cierto tiempo. Sin embargo, las personas optimistas, cuando son cogidas y mal tratadas por alguna adversidad, suelen pensar que se trata de algún mal hado o desventura pasajera o de algún contratiempo transitorio del que se recuperarán. Por el contrario, las personas nefastas o pesimistas tienden a considerar que los efectos  calamitosos adversos son irreversibles y los daños permanentes.

<<No hay nada que la gente no pueda ingeniárselas para elogiar, reprobar o encontrar una justificación acorde con sus inclinaciones, perjuicios y creencias>> 

Los optimistas ante las situaciones agradables,dichosas son propensos a creer que la “buena suerte” es la regla general y dura siempre, mientras que los pesimistas tienden a considerarla una casualidad pasajera.

En relación a la extensión o penetrabilidad del impacto de los sucesos, cuanto más optimista es la persona más tiende a restringir o a encasillar los efectos de los fracasos, y evitar establecer generalizaciones o fatalismos que no permitan ninguna salida. Para los pesimistas, en cambio, los golpes alteran la totalidad de su personalidad, por lo que piensan que son consecuencias generales e insuperables. Ante las situaciones afortunadas es a la inversa. Los optimistas anticipan que sus efectos positivos moldearán muchas facetas de su vida, mientras que los pesimistas tienden a pensar que el beneficio será muy limitado.

La personalización ante circunstancias adversas, los optimistas no se sobrecargan de culpa por lo ocurrido, sino que sopesan el grado de responsabilidad así como los posibles fallos de otros. Catalogan los tropiezos como frutos de algún error subsanable que, a la vez, sirve de aprendizaje. Las personas de temperamento pesimista, por el contrario, se acusan totalmente de lo sucedido, no ven  posibilidad de reparar los desaciertos ni la oportunidad de aprender de la situación.

Ante circunstancias favorables, lo optimistas juzgan que se merecen o son dignos de  recompensa, porque piensan que ellos mismos contribuyen a que se produzcan los buenos momentos. Los pesimistas no se sienten merecedores de algo positivo, no valoran sus propias capacidades. Los profesores de formación vial utilizamos la comparación para evaluar las cosas que nos pasan. Está demostrado que si contrastamos una mala situación con una mala  experiencia pasada, nos sentimos mejor que si recurrimos a nuestros recuerdos más dichosos del ayer por medir nuestros contratiempos o fracasos de hoy. De la misma forma, si contrastamos nuestras circunstancias penosas con las de otros perjudicados, nos sentiremos mejor o peor según la peor o mejor suerte de aquellos con quien elegimos equipararnos. Después de un desastre natural, los individuos de talante optimista se sienten afortunados si se comparan con damnificados que han sufrido más daños que ellos

El estilo optimista de explicar y comunicar las cosas en el aula de la autoescuela nos estimula a buscar el lado positivo de los contratiempos y nos ayuda a minimizar el impacto de las desgracias, alimenta en nosotros la sensación de que controlamos nuestra vida, nos protege de la infravaloración que hacemos de nosotros mismos, del desánimo y del sentimiento de indefensión. Y ante circunstancias favorables, nos mueve a aceptar con confianza la buena suerte o fortuna y a apropiarnos de nuestros éxitos como algo que nos merecemos.

                                                   José Manuel López Marín

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