Tres teorías para entender por qué ocurren los accidentes de tráfico


En un intento por comprender este fenómeno desde una perspectiva causal, surgen múltiples factores explicativos que abarcan desde el mal estado de las carreteras hasta un mantenimiento incorrecto del vehículo. No obstante, existe unanimidad entre los especialistas respecto de que la principal causa de la accidentalidad vial es el factor humano, es decir, el comportamiento de los propios usuarios.

En este sentido, resulta extremadamente difícil comprender lo que se conoce como conductas de riesgo o conductas imprudentes: ¿qué lleva a una persona a circular a 150 km/h, en una vía donde el límite de velocidad es de 90? ¿Por qué un individuo no se detiene para dejar pasar a un grupo de niños a la puerta de un colegio? ¿Es que no les importa sufrir o provocar un accidente?

Por extraño que pueda parecer, detrás de las imprudencias al volante no se encuentra el desinterés o la desidia por los demás o por sí mismo, sino que la explicación a este hecho tiene que ver con la forma en que los individuos perciben el peligro o con su percepción del riesgo.

Según la Teoría Homeostática de Compensación del Riesgo (Wilde, 1988), los conductores, por el simple hecho de ponerse al volante, asumen un determinado nivel de riesgo y mientras conducen ajustan su comportamiento para que el riesgo percibido a cada momento (riesgo subjetivo) coincida con el riesgo que han aceptado.

Por ejemplo, si una persona circula por una vía segura, tal como un tramo recto de autovía, con el asfalto en perfecto estado y una señalización óptima, su percepción subjetiva del riesgo es muy baja (percibe que las posibilidades de sufrir un accidente en esas circunstancias son mínimas), por lo cual modifica su comportamiento, probablemente, aumentando la velocidad, hasta conseguir que su percepción del riesgo coincida con el nivel de riesgo que ha aceptado.

Otra explicación posible es la aportada desde la Teoría del Riesgo Cero (Nätannen y Summala, 1974), según la cual no existe un ajuste entre riesgo percibido y riesgo aceptado, simplemente, porque la percepción del riesgo que se tiene es nula: la mayoría de los conductores creen que ellos no van a sufrir un accidente. Por lo tanto, la mayor parte del tiempo, circulan con la sensación de que no existe riesgo alguno y solo cuando se presenta una situación extremadamente peligrosa, como puede ser una colisión inminente, conciben que existe riesgo.

Finalmente, la Teoría de la Evitación de la Amenaza (Fuller, 1984), derivada de la Teoría del Aprendizaje, considera que las personas aprenden a arriesgarse más o menos, según sus conductas de riesgo hayan sido reforzadas o no, por consecuencias positivas o negativas, a lo largo de su vida. Por lo tanto, cada vez que un conductor se salta un semáforo en rojo o no se detiene ante un paso de peatones, sin que se produzca un accidente o un atropello, la idea de que es peligroso infringir las normas de tráfico resulta debilitada.

Sea por el motivo que sea, parece ser que, en general, las personas perciben los accidentes de tráfico como algo ajeno que le ocurre a los demás. Nos es muy difícil entender que un accidente es algo que le puede pasar a cualquiera. Leemos constantemente los balances y las cifras, pero en realidad no terminamos de entender lo que significa.

Divulgación: Club Autoescuela

Pautas para conducir automóviles con demencia o deterioro cognitivo


Un grupo de trabajo de varias organizaciones del Reino Unido ha emitido directrices sobre cómo hablar sobre conducir con pacientes con demencia o deterioro cognitivo leve.

Un grupo de trabajo de varias organizaciones del Reino Unido, entre ellos el Royal College of Psychiatrics y el Royal College of General Practitioners, ha emitido directrices sobre cómo hablar sobre conducir con pacientes con demencia o deterioro cognitivo leve.

Aunque es específico en sus detalles legales para el Reino Unido, el documento ofrece preguntas que todos los clínicos pueden usar para hablar con los pacientes y familiares para evaluar la seguridad del conductor (consulte la página 22 de las pautas relacionadas).

Introducción

El tema de conducir con demencia o deterioro cognitivo leve es de vital importancia para los pacientes, sus familiares y amigos, y sus clínicos. La pérdida de la capacidad de conducir puede ser una fuente de desilusión y frustración para las personas con demencia.

Por otro lado, la conducción continua por parte de personas con deterioro cognitivo significativo puede causar preocupación y estrés para sus seres queridos, puede ser una fuente de conflicto entre ellos y puede poner en riesgo a la persona involucrada y a otras personas.

En este contexto, la evaluación y la gestión de la seguridad de conducción constituyen una parte importante de una evaluación holística de una persona con deterioro cognitivo. La evaluación del riesgo de conducción puede ser difícil para los clínicos, sobre todo porque hay poca evidencia para guiar nuestra práctica.

Estas Directrices son el resultado de una colaboración entre una amplia gama de clínicos con la participación de cuidadores. Establecen las responsabilidades de los clínicos con sus pacientes y proporcionan un marco para pensar sobre la gestión de su seguridad al conducir. Serán una herramienta útil para cualquier clínico que trabaje en la evaluación y el manejo de las personas con deterioro cognitivo que conducen.

Demencia

La demencia en esta Guía se refiere a un deterioro progresivo de la cognición que interfiere con la capacidad de la persona para llevar a cabo sus actividades normales de la vida diaria.

Estas pautas se crearon con especial consideración de los servicios que tratan con las demencias más comunes, es decir, las enfermedades de Alzheimer, vasculares, mixtas, de cuerpos de Lewy y frontotemporales.

Antes de realizar una evaluación de la demencia o la cognición (y especialmente en el contexto de una clínica de memoria), es una buena práctica que se notifique a una persona que podría haber implicaciones para su conducción futura.

Efectos de la demencia en la conducción

Conducir es una tarea compleja que requiere una combinación de procesos cognitivos, habilidades sensoriales y habilidades manuales / motoras.

La demencia puede asociarse con deficiencias en estos procesos y habilidades, que pueden afectar la capacidad de conducción.

Ejemplos de cómo la demencia puede afectar las habilidades de conducción

Funciones Ejecutivas

• Tomar las medidas adecuadas para evitar accidentes.
• Planificar rutas
• Responder adecuadamente a las señales de tráfico, señales de tráfico y otros usuarios de la carretera
• Secuenciar las tareas necesarias para arrancar, controlar y detener el automóvil.
• Responder a cambios inesperados en la carretera (por ejemplo, cierres de carreteras, cambios de carril y desvíos)
• Anticipe y reaccione ante futuros escenarios de la carretera (por ejemplo, un automóvil estacionado que indica que debe retirarse).

Habilidades Visuo-espaciales y Visuo-perceptuales

• Reconocer a otros usuarios de la carretera y juzgar su velocidad y distancia
• Reconocer señales de tráfico, señalizaciones de carril y señales de tráfico.
• Mantener una posición segura y consistente en la carretera.

Atención y Concentración

• Mantener la atención a la carretera.
• Mantener la atención a otros usuarios de la vía.
• Mantener la velocidad adecuada
• Dividir la atención para atender múltiples peligros en situaciones ocupadas.

Tiempos de Reacción

• Anticipe y reaccione de manera rápida y consistente a las acciones de otros usuarios de la carretera.

Memoria

• Planifica y recuerda rutas.
• Recuerda el significado de las señales de tráfico, las marcas de carril y las señales de tráfico.

No todas las personas que han recibido un diagnóstico de demencia, especialmente en las etapas iniciales, deberán dejar de conducir de inmediato.

Conducir es un proceso de aprendizaje y, después del diagnóstico, algunas personas conservarán las habilidades necesarias para poder conducir de forma segura durante un período de tiempo. Sin embargo, los conductores con demencia deben cumplir ciertos requisitos legales, como informar de su diagnóstico.

Para aquellos con demencia progresiva, la función ejecutiva, las habilidades visuo-espaciales, la memoria, la percepción y la capacidad para realizar las tareas cotidianas se verán cada vez más afectadas y la capacidad de conducir se perderá. La etapa cuando esto ocurra será diferente para cada persona. Cuando la condición de una persona se deteriora hasta el punto en que puede ser insegura en la carretera, debe dejar de conducir.

Descarga el artículo Original en Inglés “Conducir con Demencia o Leve Deterior Cognitivo”

Divulgación: Club Autoescuela

El punto de más riesgo de contagio de Covid si viajas en coche


Extremar las precauciones es esencial para evitar contagios de Covid en el coche. Te contamos qué situaciones son las de mayor riesgo.

Si eres de los que se plantea viajar esta navidad, pese a que las recomendaciones lo desaconsejan, te contamos dónde es más peligroso contagiarse de Covid en el coche.

Como bien sabrás, en el coche también es obligatorio el uso de mascarilla siempre que los pasajeros sean personas no convivientes. Además, la recirculación del aire favorece el contagio, ya que los filtros de nuestro coche no pueden atrapar al virus. Por ello, si compartes coche para, por ejemplo, ir al trabajo, es obligatorio llevar la mascarilla y se recomienda airear el coche tras su uso o, en el mejor de los casos, circular con la ventanilla bajada.

Pero quizás pienses que estas fiestas sólo vas a viajar con tu familia y que, en ese caso, el coche es el medio más seguro. Bien, lo primero que tienes que saber es que en Estados Unidos apoyan esta afirmación. Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades así lo aseguran, aunque nos piden que no bajemos la guardia.

Por ello, los expertos recomiendan que nos lavemos frecuentemente las manos y, sobre todo, prestemos mucha atención durante las paradas. Es aquí donde el riesgo de contagio aumenta, ya que podemos tener relación con otras personas o descansar en un espacio cerrado mientras comemos o tomamos un café o refresco.

Es decir, el riesgo de contagio más alto cuando vamos en coche es, sí, fuera de nuestro propio coche. Por tanto, si realizas una parada en un área de descanso, intenta consumir en una terraza o al aire libre, junto al coche, y utiliza la mascarilla el mayor tiempo posible. Mantén siempre la distancia social con vendedores y camareros y, no lo olvides, lávate las manos con frecuencia.

La edad de los neumáticos y su caducidad: mitos y realidades


Los neumáticos son el calzado de nuestro coche, y muchas veces les prestamos demasiado poca atención, algo que nos puede costar bien caro en cuanto a nuestra seguridad personal, pero que se evita de forma sencilla si sabemos interpretar la salud de nuestros neumáticos correctamente. Sobre los neumáticos influyen muchos factores, como por ejemplo las presiones de inflado o el deslizamiento sobre el asfalto (por ejemplo al acelerar muy fuertemente, o al frenar y bloquear alguna rueda) que son fácilmente detectables. Pero el paso del tiempo también es determinante para la salud del neumático.

Los neumáticos tienen una fecha de fabricación, y también un límite de tiempo tras el cual no se garantiza la calidad del material. Por decirlo de otro modo, el material se degrada con el tiempo, y a partir de una cierta edad, no sirven para circular con seguridad por la pérdida de propiedades que sufre el neumático.

Pérdida de elasticidad y propiedades de la goma

Con el tiempo, los neumáticos pierden las propiedades que los hicieron buenos. Cuando compramos un neumático nuevo, hemos de saber que a partir de su monta nos va a durar “n” años. Probablemente no nos dure tanto, pero a partir de los 5 años de la monta se considera que el neumático ya no sirve, y es cuando se dice que el neumático ha caducado. Ya no tiene la elasticidad de antes, y eso se va a traducir en una menor seguridad.

El neumático puede agrietarse, puede romperse con facilidad, podemos tener un reventón y no nos sujetará igual en los desplazamientos laterales. En resumen, se convierte en un peligro para todos: conductor, ocupantes, terceros que pasaban por allí… Es el momento de cambiar los neumáticos y seguir circulando seguros.

Las condiciones de almacenamiento y de conservación ¡son clave!

Un neumático nuevo, cuando lo montamos en las ruedas, comienza a perder propiedades paulatinamente (de forma inadvertida, claro, salvo que sea defectuoso): con el paso de los meses, de soportar las inclemencias del tiempo como el sol, la lluvia, el frío… Por otro lado, con el paso de los kilómetros, se desgasta y va perdiendo grosor en la banda de rodadura, hasta que llegamos al límite legal de los 1,6 mm de profundidad en el surco, momento en el que debemos cambiarlos.

Hemos de cambiar los neumáticos motivados por lo que suceda antes: gastar los neumáticos hasta los testigos de medición, o que cumplan 5 años desde la monta. Lo normal es que los neumáticos se desgasten antes, a menos que no lleguemos a los 3.000 km al año: en ese caso caducarán antes de desgastarse. Un neumático de más de cinco años desde la monta no es seguro, toma nota.

¿Qué pasa con la fecha de fabricación?

Los cinco años de los que hablamos no se computan desde la fecha de fabricación, porque si no podríamos estar comprando hoy, en 2020, unos neumáticos de 2017, 2018 o 2019 a los que les quedarían tan solo tres, dos, un ¡años de “vida”! Falso. La fecha de fabricación nos indica cuándo se fabricó el neumático), pero si la conservación del mismo es la correcta en cuanto a temperatura, humedad, y muchos otros factores, el neumático está en perfectas condiciones.

Un neumático con más de 5 años desde la fecha de fabricación ¡no tiene por qué haber caducado! Son 5 años desde la monta, 10 años desde su fabricación.

Sin embargo, al montar el neumático lo sacamos de su medio de conservación ideal, así que empieza la degradación seria. No obstante, los neumáticos siempre van a caducar, estén muy bien conservados, o muy mal conservados. Un neumático con fecha de fabricación de diez años o más no está en condiciones de ser montado para circular con seguridad.

Ni que decir tiene que un neumático de segunda mano es todavía menos seguro (y nosotros recomendamos encarecidamente no comprar neumático de segunda mano) porque:

1) solo conoceremos seguro la fecha de fabricación;
2) no conocemos el historial del neumático;
3) no sabemos ni cómo se conservó en uso, ni cómo se conservó mientras esperaba a ser vendido.

Así que nos juntamos con varias cosas. Si la fecha de fabricación es de más de diez años, excusamos comprarlo; si lo montamos y se cumple su quinto aniversario desde esa monta, los podemos descartar, y debemos cambiar a otros neumáticos nuevos; y si el neumático deja los testigos al aire, debemos cambiarlos porque hemos rebasado el límite legal de profundidad mínima para el surco.

Los peligros de la cristalización de los neumáticos

Tal y como explican desde OPEN, la Organización Profesional de Especialistas del Neumático, con el paso del tiempo el neumático puede disminuir sus propiedades químicas perdiendo elasticidad y dando así paso a lo que se conoce como cristalización. En este estado se reduce drásticamente la adherencia, aumentando la distancia de frenado, aumentando la probabilidad de sufrir aquaplaning con precipitaciones y comprometiendo la seguridad del vehículo.

La cristalización, en contra de lo que muchos conductores puedan pensar, no es fruto exclusivamente del kilometraje realizado sino que puede producirse cuando nuestro vehículo pasa mucho tiempo a la intemperie, con altas temperaturas y radiación solar, con humedades bajas y por el envejecimiento del neumático. No obstante, la utilización y el almacenamiento son factores que afectan significativamente al mayor o menor deterioro.

Por ello, aunque las ‘gomas’ no tengan fecha de caducidad exacta, se recomienda que la rueda que supere los cinco años de uso sea revisada por un especialista y se sostiene que transcurridos diez años desde su fecha de fabricación irán perdiendo propiedades y dejarán de ofrecer la misma seguridad.

¿Cómo detectar si los neumáticos están cristalizados?

A golpe de vista, no es sencillo identificar este desgaste puesto que el aspecto no cambia a pesar de haber perdido agarre tras aumentar su rigidez. Si bien, un ‘truco’ sencillo y simple para comprobar su estado es hundir la uña del dedo en el dibujo del neumático, la cual nos indicará el grado de cristalización. Si la goma está blanda y podemos hundir la uña, no está cristalizado. En el caso de que no consigamos hundirla, nuestros neumáticos habrán sufrido este peligroso proceso de cristalización, debiendo cambiarlos de inmediato.

En cualquier caso, desde la asociación aconsejan que en caso de duda acuda a un taller para cerciorarse de si ha llegado el momento de sustituirlos por unos nuevos. Revise la presión y la alineación para ahorrar dinero.

Por último, a fin de tratar de prevenir la cristalización, OPEN recomienda evitar que los neumáticos reciban mucha radiación solar, se expongan a temperaturas extremas y se reemplacen antes de sobrepasar los diez años de vida.